sábado, 11 de junio de 2016

EN TIEMPO DE LOS ROMANOS

Indicación de la calzada romana de Almedíjar


EN TIEMPO DE LOS ROMANOS.

Comienzo el día leyendo cosas fáciles, blogs cortos de historias de romanos, entretenidos y curiosos para comenzar a desgranar los segundos de la jornada.
Afuera, las gallinas emiten el quejoso cacareo matutino indicandome que tendré que revisar su tolva de maíz, a esta alturas ya mantenemos un diálogo clientelar y me hacen esa compañía sonora que antaño rasgaba solo el silencio.
Hoy el silencio lo destripan los ruidos de los motores de explosión, de los que tanto nos quejamos, pero de los cuales nadie prescindiríamos, somos interesados y masoquistas como consecuencia.
Decía que la lectura sobre los romanos me despierta la imaginación y me pasea por Europa de buena mañana, me aleja de la responsabilidad y ese presente que es la vida real. Somos la generación de la distracción y del ocio, pero no hemos llegado a la cumbre de su desarrollo. Intuyo que generaciones venideras alcanzarán cotas más elevadas de distracción.
En eso también nos parecemos un poco a los humanos del imperio romano, el pan y circo, ahora se ha transformado en palomitas y cine, no cualquier cine.
Un cine de masas tan popular como el fútbol y que nos iguala en la conversación. Podemos hablar todos al mismo tiempo. Al fin y al cabo, que va a decir quien y de que, que el corro no sepa.
Simplemente hay que mencionar la escena y un torrente de confluencias y pocas diferencias se expresan en pocos milisegundos. Ya no “pasan ángeles “ en las conversaciones, han desaparecido como los milagros.
Lo que si quedan son anhelos y esperanzas, pero con poca fe, y estando así las cosas precisan de una dosis mayor de ocio, de distracción, que al final del día nos lleve a sentir, incluso a verbalizar con la parienta ¡Que bien lo pasamos hoy cariño! Es la medida del éxito y la culminación del saber hacer.
Algunos son capaces de sofisticar ese placer, como en una película futurista, reproducen en el presente el arquetipo del placer permitido, un restaurante exquisito, un paisaje idílico, cada uno según su imaginación, porque los hay para todos los gustos, y el placer de compartir, para disfrutar del consenso. La discrepancia enturbia el gozo.
Esta mañana mientras leía mi pequeña dosis de romanos me he acordado de que cerca estábamos todavía en los años cincuenta de aquella cocina que transportaba el contubernio, ese grupo de ocho soldados que cocinaba en conjunto.
Nosotros solo eramos tres. En ciscar, una calle de los barrios centrales de Valencia.
Con su forma de torre de ajedrez, está viva en mi memoria, la imagen de aquel hornillo de carbón en que mi padre cocinaba las tripas de cordero los domingos para almorzar.
No recuerdo el acompañamiento del ruido de vehículos, pero si el crepitar del carbón que se sacudía bajo las gotas de grasa de las entrañas del pobre animal que había sufrido la evisceración.
Tampoco había problemas con el carbón porque justo debajo del edificio( insulae ), en una de plantas bajas en que se instalaban los comercios, una carbonería nos proporcionaba toda una variedad de combustible fósil que pudiéramos necesitar. También para el brasero.
Hoy, los romanos , se han acercado a mi más que otras veces.

Fragmento de calzada romana conservado en Almedíjar.