sábado, 16 de mayo de 2015

PABERNOS MATAO III - EL VERDE INMACULADO I

¡ QUE NOCHE LA DE AQUEL DÍA !
Cumbre del Tobacor 2779 metros. Septiembre de 1969
Aquella fue nuestra gran aventura juvenil y la que establecería la impronta de nuestra conducta. 
Como patitos de K.Lorenz seguimos repitiendo las migraciones en busca de mama pata. Como los salmones remontan los ríos, nosotros ascendemos por viejos senderos buscando la belleza, la soledad o a nosotros mismos.
Allí, llueva, truene o con un sol de justicia, nuestros corazones se acompasan.
Pepe y yo, nunca volvimos juntos a los pirineos pero se que es y así será hasta el fin de nuestros días.
                                                                                            Carlos Luis Baiget.




Habían terminado los exámenes  de septiembre y aquella excursión a la cueva helada de Casteret que habíamos concebido para la pandilla quedó en nuestra excursión, la de Pepe y Carlos.

El Centro Excursionista de Valencia en su sección de espeleología y liderado por Vicente ajado ( Si no fue así que alguien me corrija) había organizado una expedición a la mítica cueva helada de Casteret en el pirineo de Huesca  a la que yo no pude sumarme.
También si la memoria no me falla, la revista cordada o quiza Karst había publicado un reportaje con fotografías sobre la cueva.

 


Viajar en auto-stop era para nosotros en aquel tiempo, tan natural como necesario.

 Para resumir: No teníamos un duro.

El carrete de fotos, me recordaba mi amigo: " Lo compramos a medias , lo revelamos a medias y luego nos repartimos las fotos "
Así fue el disparador que puso en marcha aquella excursión que se pospuso hasta septiembre, terminados los exámenes de las pruebas de acceso finalizado el curso preuniversitario.

 

Vista general del ascenso hacia Cotatuero
Los detalles de la salida de Valencia se han perdido de mi memoria pero todo iba bien en el viaje con nuestro pulgar al viento como billete. Las recogidas y los abandonos de conductores amables, curiosos por nuestro viaje se sucedían y nosotros a cambio le poníamos color al monótono circular por la carretera.  
Asumíamos nuestro papel de acompañantes y tratábamos de entretener a nuestros anfitriones sobre ruedas.
Unas veces bastantes kilómetros, otras menos pero siempre avanzando hacia nuestro destino.
Debajo de este puente creo recordar, cocinamos nuestra primera sopa antes de dormir...tardamos tres días en llegar a nuestro destino final en Torla.

Fue en una gasolinera en al que andaba preguntando por las ventanillas de los vehículos que repostaban cuando un camión conducido sin pericia, haciendo marcha atrás casi tritura a mi compañero que sentado en el bordillo aguardaba y también guardaba las mochilas.
Faltó muy poco para que Pepe no quedara bajo sus ruedas. Ágil, de un salto y en el ultimo segundo pudo esquivar al energúmeno que se le había echado encima.
No corrió la misma suerte una mochila que fue planchada con la comida que albergaba.
Quedaron así nuestros víveres diezmados y tuvimos que comernos nuestra rabia porque para nuestro agobio mi inseparable amigo no tenía el DNI. Pensamos pues seguir camino y olvidar lo sucedido.


Llegar a Torla desde Ainsa no pudo ser sin contratar dos plazas en el coche correo, único vehículo que podía garantizarnos alcanzar nuestro destino.
Llegar , subir al parque, a pie por supuesto y caminar por el comienzo del valle aquella tarde me produjo una sensación de bienestar incomparable.
Admiramos tanto aquel verdor exuberante que una selva primigenia se mostraba a nuestros ojos. 

 Al llegar a Ordesa, el contraste entre nuestra escasa experiencia adquirida en las sierras costeras valencianas de pinos carrascos, jaras, lentiscos, mientras asfixiados por el calor con agua escasa recorríamos sus rodenos de sombreros calizos y la nueva visión de los imponentes macizos atravesados por torrentes que descendían desde las cumbres de rocas desnudas hendiendo las  verdes praderas que aún tenían manchas de nieve en sus umbrías, para más abajo precipitar sus aguas espumosas en desfiladeros cuya exuberante vegetación desconocíamos, cristalizó nuestro sentimiento y convirtió el placer de ese momento en un amor fiel y perpetuo por los pirineos.



El catalizador del éxtasis para mi sin duda y para mi amigo presumo, fue una frase escrita con letras blancas en el dintel de la puerta de una preciosa casa de piedra, con ventanas de madera de doble acristalamiento. En el crepúsculo cuando los colores se transformaban en penumbras y comenzábamos a preguntarnos donde pasaríamos la noche que se anunciaba fría leímos:

  
                                " RESPETAD ESTE REFUGIO " 

Y ASÍ LO HICIMOS.